"Un recuerdo (costumbres filipinas)", de José Rizal

I

Hay ciertos puntos en los inmensos espacios desde donde se contemplan el sol, vistosas nubes, mares, continente, islas, rocas, grutas, aves, fuentes y flores; en una palabra: todo un mundo riente, colosal, animado o sublime. El águila atraviesa tan bellas regiones desafiando los furores del mar que, semejante a una gigantesca tumba o a un monstruo de mil fauces, ruge esperando devorar su presa. Los humildes pajarillos renuncian a magníficos panoramas y se contentan con sus umbrosos bosques y saltan de rama en rama, de flor en flor, en torno de sus rústicos nidos.
Vaya pues el ave de poderoso vuelo a elevarse a las altas esferas del fuego de la luz; nosostros nos contentaremos en pasearnos por los campos de la infancia y de la juventud evocando las queridas sombras de lo pasado: los recuerdos. Sí, evocaremos los recuerdos, evocaremos esos seres que dormitan allá en el melancólico horizonte de la memoria, envueltos en la misteriosa gasa del tiempo, que aumenta las bellezas y atenúa los defectos, y semejante a una divinidad egoísta y celosa hace odiemos lo presente para no suspirar sino por lo pasado; evocaremos esos seres de naturaleza aérea, personificación de lo vago, lo dulce y sentimental, como las ondinas del lago y las sílfides del aire, que nacen y aumentan con nuestros años, transformaciones tal vez de las muertas ilusiones, esos seres, en fin, que cuando ya todo nos falte: amor, energía, confianza y entusiasmo, piadosos amigos vendrán a consolarnos en las soledades de la vida.
¡Ah!, pero nosotros buscamos objetos sencillos y nos encontramos con un mundo colosal en continuo crecimiento que gira allá en ese otro espacio infinito de la memoria. ¡Qué mundo que asimila a sí todas las ruinas del presente y las concepciones del porvenir! Allí está el mundo exterior pero más ideal o más bajo, más triste o más sublime, según a través de qué prisma se vea o se conozca. ¿Y seremos capaces de abarcarlo todo y, débil atlas, no nos aniquilaremos bajo su grandioso peso?
Concretémonos pues a ciertos recuerdos o a uno solo. Y ahora que los tiempos y el espacio nos alejan de sitio y de los personajes, deleitémonos en pintarlos, y para que, dándoles vida, nos sirvan como compatriotas en lejanos países.Son esos dulces reflejos de la mañana de un día: bien puede uno recrearse con su recuerdo, si a la caída de la tarde el cielo se oscurece y la tormenta se anuncia a lo lejos.

II

Era el mes de abril de 187... Hacía pocos días que había salido del colegio. Como la tierra y como los prados estaba yo entonces en la primavera de la vida: tenía cerca de diez y seis años y soñaba en las más ideales ilusiones. Todo me parecía bueno, bello y angelical, como las brisas matinales, como las sonrisas del niño o como el misterioso coloquio de las flores. Los recuerdos del colegio, mis profesores, amigos y compañeros, los estudios, las recreaciones y los paseos no se habían borrado aún en mi memoria y ocupaban casi todos mis pensamientos. ¡Qué sueños y qué proyectos me formaba yo entonces! Yo veía el mundo a través de un cristal que lo embellecía y poetizaba; lo veía a través de mi imaginación, no herida aún por el más leve desengaño, y me parecía que sus escenas y sus personajes todos eran dignos de amor, veneración y sacrificio. Niño, confiaba no hallar en mi camino dramas ni tragedias sino églogas e idilios, creía en el bien, y si era tímido, si tenía cierto instintivo miedo, si pensaba en el mal que sólo creía forjado para hacer contraste con el bien, era que en mí había dos hombres: uno natural, confiado, alegre y presto a entregarse y dejarse seducir por la impresión, y otro, artificial por decirlo así, receloso, preocupado, efecto sin duda de coeducación y de las teorías. De aquí nacían combates, después dudas y vacilaciones y, si alguna vez vencía la naturaleza, sólo conseguía una falsa victoria, sacando de la lucha, como señales indelebles, una irritación, una melancolía hija de los vagos deseos no satisfechos. De seguro que si en aquella época hubiéraseme aparecido una hada que adivinando mis aspiraciones (que yo mismo no conocía bien) me hubiera prometido satisfacerlas, de seguro que me hubiera dejado guiar pese a todas mis teorías y prevenciones.
En este estado moral que en vano uno analiza cuando se tiene delante, y que sólo se conoce cuando ha pasado ya, semejante a las diosas de Virgilio, por la luz y el aroma que dejan, pasaba yo las vacaciones al lado de mi familia en mi pintoresco pueblo. Mis diversiones eran las más simples y primitivas: bañarme en las fuentes y arroyos, pescar en el río o en el lago, o recorrer las campiñas montando en mi brioso corcel.
Uno pues de los primeros días de este abril se me ocurrió bañarme en un famoso riachuelo de un vecino pueblo, playero también como el mío. En un ligero y fresco carromato tirado por un caballo iba yo recorriendo la ancha carretera que hacia él conducía. Los campos sembrados de la caña dulce que a la sazón se beneficiaban con las ligeras y flexibles cuanto hojosas cañas, el verde y alto Maquiling, el cupang elegante y ramoso, las chozas, las fuentes, todo sumía no en meditación ni en reflexiones, sino en una especie de sueño, de regocijo inexplicable que se siente y se goza y desaparece tan pronto como se quiera analizar. El sol, que entonces se levantaba derramando doquier luz y colores, prometía un día brillante y caluroso. Hubiera querido detenerle en su mañana no con su grandioso fin de vencer a cinco reyes, sino con el sencillo deseo de gozar del placer y de la luz. Pero ni el sol ni los años se pueden detener ya como en las edades bíblicas, y nosotros tenemos que seguir, mal que le sepa a nuestro sibaritismo, el invariable curso del destino.
Pasada la peligrosa garganta que divide y limita mi pueblo del de M..., preséntase a la vista un delicioso paisaje. La iglesia del pueblo con su casa parroquial a lo lejos, entre árboles, cocoteros y cañas, a la derecha la falda del monte y a la izquierda la ancha laguna tranquila y apacible, enviando a la playa sus ligeras olas que morían murmurando en la fina arena. Una brisa fresca agitaba las brillantes hojas de los árboles y arbustos que había cerca del camino solitario y desierto. Algunas cabras y ovejas pacían la abundante hierba cerca de la playa.
Después de recorrer bastante trecho detúveme en una casita que hay a la orilla del camino: limpia fresca, como la india de las orillas del Pasig, rodeada de árboles de nanca y guayaba, entre altas y elevadas palmeras, parecía aguardar al bañista deseoso de sumergirse en las frescas ondas del vecino arroyo. Respirábase en aquellos contornos una paz y una tranquilidad que el susurro de las cañas, esa música de los bosques filipinos, hacía más agradables aún ofreciendo por decirlo así un concierto silencioso.
Bajé y me dispuse a tomar el baño.
Hay un sendero que partiendo del camino frente a la casita sigue bordeando el Dampalit, dando de distancia en distancia pequeñas ramificaciones que servían para descender al agua. A ambas orillas del arroyo, que no son muy altas, crecen y se elevan todos los hijos de la vegetación exuberante y tropical. Las cañas, los plátanos, el papayo entrelazados bien por sus mismas ramas, bien por todo un mundo de enredaderas, parásitos y trepadoras, forma una verde bóveda sumisa al arroyo en dulce sombra defendiendo del sol y del viento. Al pie de estos árboles y besando inclinados el cristal líquido se balanceaban una multitud de plantas y arbustillos matizados de pequeñas florecillas amarillas, rojas o azules. Bajo aquella umbrosa enramada deslizábase tortuosa entre piedras sembradas y fina arena la exigua pero fresca y cristalina corriente.
Tres mujeres agrupadas y sentadas sobre enormes piedras lavaban ropas, turbando el silencio con el acompasado batir de sus palos. Alejéme de aquel estruendo y remontando la corriente fui en busca de mejores parajes. A medida que iba subiendo la corriente notaba yo que se volvía más sombrío, más fresco el arroyo, que las plantas y las flores se iban haciendo más hermosas y variadas, y que volaban ya en parejas, ya persiguiéndose, enamoradas mariposas de variados matices, libélulas ya azules, rojas, moradas, etc., y varios insectos, felices en medio de aquel florido edén. Al verlos alzar sobre las flores silvestres, esas flores de aire, al oír su monótono y mórbido canto de placer o himno de gozo tal vez si se considera la brevedad de su existencia, bien podría el hombre envidiarles si éste no tuviese otros fines.
Bañábame así subiendo al curso del río y me sentía ya fatigado cuando perciben mis oídos una fresca vocecita tarareando una alegre canción. El riachuelo daba en aquel paraje un violento recodo, lo que hacía suponer que la que cantaba estaba muy cerca. Deseoso de conocerla seguí mi paseo fluvial y ¡qué agradable sorpresa se presentó entonces a mis ojos!
Era una joven que tendría sus catorce a diez y seis abriles, blanca, esbelta para su edad, con la negra cabellera suelta que le llegaba cerca de sus talones. Vestía una saya encarnada ceñida... debajo de los hombros.
Un tapis negro encima contorneando sus virginales formas: sobre los hombros una blanca toalla de pelusa ocultaba la redondez de éstos. La juventud, esa hada amiga de la mujer y del amor, la llenaba de indefinible encanto. Iba ella al parecer persiguiendo una mariposa.
A pocos pasos de ella había una anciana como de sesenta años espumando en una palangana el gogo. Una cesta de frutas, ropas, etc,. estaban en su alrededor.
Al ruido que yo hice ambas volvieron hacia mí los ojos: la anciana como preguntando y extrañando, la joven sorprendida y ruborizada. Aquélla prosiguió su trabajo y ésta cesó de cantar. Yo les hice el saludo más torpe y más mudo, que la anciana me devolvió con frialdad y la joven con gracia. Ésta, viendo que yo no decía nada, siguió cazando mariposas.
Quedéme yo parado y confuso delante de aquella joven, que sin su compañera la hubiera yo tomado por la náyade del arroyo.
Yo quería retirarme pero cierto reparo me lo impadía, quería seguir pero yo no sé por qué no me atrevía. Estaba muy embarzado en aquella falsa posición. Al fin, decidiéndome y haciendo un esfuerzo, traté de caminar.
Apenas había dado dos pasos cuando dirigiéndose a la anciana:
—¿Habrán dado las diez, abuela? —preguntó la joven.
—Probablemente, Minang —contestó la abuela después de mirar a través de la espesa bóveda de ramas para distingir al sol—. Ven pues a lavarte la cabeza con el gogo para que nos podamos retirar.
—Un momento no más, abuelita. Cogeré esta mariposa y después nos podemos retirar.
Y se alejó siguiendo su presa. Tuve tiempo de contemplarla y examinarla. Su rostro era muy gracioso y expresivo. En su cara de un óvalo perfecto se destacaban a simple vista dos grandes ojos negros de largas pestañas, su frente era tersa y pura, su boca graciosa y parecía exhalar siempre una súplica o un deseo.
Por lo demás, la mariposa parecía jugar con su ansia y sus cuidados. Posábase en una flor como esperándola, luego volaba de pronto alejándose a toda prisa, después como para citarla se acercaba y pasaba casi rozando sus hermosos labios; elevábase a veces, otras trazaba círculos en rededor suyo, ya tocando ligeramente el agua, ya parándose un momento en la rama, para trasladarse al instante a otra, siempre juguetona y caprichosa como la Galeta de Virgilio. Todas estas evoluciones arrancaban del pecho a Minang varias exclamaciones.
Yo, por mi parte, quise seguir también a esta otra mariposa, y caminando con tiento iba recorriendo el río.
Paróse la flor de los aires sobre una pequeña flor que se balanceba a orillas del arroyo. Ella, inclinada hacia adelante, acercábase con tiento, con la derecha presta a apoderarse del voluble insecto, con la izquierda con ademán de decir: espera. Años han pasado ya y aún me parece verla en aquella deliciosa actitud en medio de tantas flores. Ella casi tocaba ya las brillantes alas y tal cuidado ponía y tal emoción la embargaba, que veía temblar sus afiliados dedos como si pudiesen ajar aquellos aterciopelados colores.
Pero yo no sé por qué torpeza mía di un resbalón, metiendo tanto ruido que espantó a la mariposa, emprendiendo ésta, acto continuo, un precipitado vuelo.
¡Ah!, exclamó ella y se dibujo en sus ojos el pesar y la lástima. Y me lanzó una mirada llena de reproche y reconvención. Después, parada y con los brazos colgantes, contempló cómo se perdía en el laberinto de ramas el objeto de sus persecuciones, asomándose una triste sonrisa en sus hermosos labios.
Yo estaba confuso y abochornado y miraba también a la mariposa. Quería dar excusas, satisfacciones, pero nada se me ocurría en el momento. Volvióse ella y suspirando se acercó lentamente a la abuela.
Tomé entonces un partido y me alejé. A algunos pasos vi dos mariposas que iban volando trémulas de placer y de amor. Al verlas tan bellas, tan enamoradas, tan alegres de vagar y de encontarse juntas a sus anchas, me dió lastima sacrificarles sus días de amor y de felicidad a mi amor propio. ¡Íbanse ellas, tal vez, declarándose sus amores!
Egoísta, dediqueme a perseguirlas y en pocos momentos cogí una. Mi corazón batió de placer y, no obstante, seguí aún persiguiendo a la otra, que muy pronto cayó en mis manos.
El que ha ganado en los juegos olímpicos laurel inmortal y en rechinante carro vuelve a su patria que le espera en la abierta brecha no iba más alegre que yo con mis dos inocentes víctimas. Iba yo formulando lo que diría y preparaba los más galantes discursos. Yo la divisé afanándose en partir un coco tierno. Notóme sin duda porque volvióme la cara. Al ver las dos mariposas que tenía cuidadosamente en ambas manos soltó un pequeño grito y, dirigiéndome una sonrisa llena de agradecimiento, se levantó.
Todo lo que yo había pensado para decirlo se me olvidó; no pude articular más que lo siguiente:
—Señorita —le dije en talago—, íbais a apoderaros de una mariposa que hacía tiempo perseguíais; una torpeza mía los ha privado de ese placer. Si os dignais aceptar las que yo os ofrezco, me haríais un gran favor. Tenedlas, que aunque no son tan bellas, en cambio son dos.
—¡Oh!, son más bellas aún —contestó tomando las mariposas y examinándolas—. Os doy muchas gracias por la molestia que habéis tenido... Siento que hayáis tomado en serio un capricho de niña y casi estaba por agradeceros el que hayáis impedido de cometer una crueldad. Pero —continuó, cambiando de tono y medio sonriendo—, advierto que sois muy diestro cazador.
—Señorita —repliqué con un poquito más de aplomo—, mi destreza consiste en mi ardiente deseo de complaceros.
—Yo también tenía ardientísimos deseos y, no obstante, bien visteis que fueron inútiles. Ah, pero yo soy muy aturdida. Hace mucho tiempo que tengo las mariposas y aún no os he dado gracias por ellas. ¿Sabéis que son éstas muy lindas?
—No podéis imaginaros mi satisfacción al ver que os agradan.
Ella me dió las gracias con la mirada y se dispuso a seguir su interrumpida ocupación después de envolver cuidadosamente las dos mariposas en un pedazo de papel.
—Podéis heriros — dije tomando el cuchillo y el coco, que conservaba en su corteza las señales de una dentación inútil.
—Muchas gracias. ¿Pero dejándoos no abuso yo de vuestra bondad?
—De ningún modo —contesté.
—Ten cuidado, Minang —exclamó la abuela—, al jugar con las mariposas.
—Las he envuelto, abuela. —Y dirigiéndose a mí: —¿Es verdad que estas hermosísimas alas ciegan con sus polvos?
—Pudiera muy bien ser; pero la naturaleza nos ha dotado de pestañas que ahuyentan las moléculas nocivas. Y sobre todo, cuando se tienen las pestañas muy largas, puede una estar segura contra todo daño.
Y le ofrecí el coco o, mejor dicho, el agua virgen fresca contenida en aquel vaso obra de la naturaleza.
Ella lo ofreció a su abuela, quien le dio las gracias. Me suplicó que tomara, a lo que no accedí, ni lo hice sino después de ella.
Íbamos hablando, si no familiarmente al menos con soltura y con franqueza; tan es así que la abuela nos miraba de rato en rato con aire que quería decir: "¡Qué pronto se hacen amigos estos jóvenes!"
¡Y tenía razón! No hay como la niñez o la juventud para trabar amistades, Cualquiera diría que en esa edad los corazones están tan llenos de confianza y afectuosos sentimientos que al instante se derraman al menor contacto. Embarcaos si no en esos grandes vapores que hacen largos viajes tocando por diferentes puntos. Allí veréis hombres y mujeres de todas las razas y naciones, oiréis hablar por todas partes francés, inglés, español, alemán, italiano, etc. Desde el primer día, los niños que no creen pertenecer a ninguna bandera y se creen ciudadanos del mundo, se reúnen, juegan juntos, corren, gritan y alborotan, y si se extraña que no se entiendan en su idioma emplean otro medio universal cual es el de la alegría y del corazón. Los jóvenes ¡ay! imitadores ya de los hombres dejan pasar algunos días y sus amistades son más o menos estrechas según se entiendan más o menos o se vean más o menos simpáticas. En cambio, para que los hombres se cominiquen, se necesita un azar u otro hombre que les ponga en contacto, constituyéndose para uno el fiador del otro, que responde de la honradez del presentado. ¡Son hombres y tienen derecho de recelarse mutuamente!
Volviendo pues a la inquieta mirada de la abuela, digo que me sentí un poquito cortado, mucho más cuando, consultando al parecer el sol que dejaba pasar algunos de sus rayos por entre las hojas, exclamó:
—Van a dar las doce, Minang; es ya tarde y es menester que nos retiremos. Recoge tus ropas que allí nos mudaremos en la casita de enfrente.
Ella púsose a recoger sus alhajas y demás prendas y poniéndose unos elegantes zuecos de Biñán y envolviéndose además de su ropa de baño en una manta de Ilocos dispúsose a partir.
—Nosotras vivimos en el pueblo, aunque hace dos días que llegamos a éste; no obstante lo desarreglado de esta casa os la ofrecemos a V.
—Igualmente, señorita. En el vecino pueblo y donde yo me encuentro tienen, tendréis el más humilde servidor.
—¿Ah, sois de C...? Desde aquí se divisan su iglesia y varios edificios.
Y desplegando una elegante sombrilla me tendió la mano para despedirse.
—Yo también voy a retirarme ya —respondí saludando—, y si me permitís que os acompañe tendré el honor de sosteneros el quitasol.
La vieja recogió la palangana y las ropas, lo que ella no se le permitió; ella se llevó la cesta de frutas y a mis instancias me cedió lo demás.
Por el sendero que decía costeaba el arroyo, nos retiramos y salimos a la calle hasta la casita del frente. La dueña, que debía conocerles, las recibió alegremente.
Yo hice enganchar el carromato para conducirlas a su casa, pues el sol hacía gala de una brillantez y un calor insoportable.
Al poco rato apareció ella vestida sencillamente. Una saya de percal encarnada, un tapis de seda, una camisa blanca de beatilla y un pañuelo pintado constituían todo su traje. De sus pequeñas orejas colgaban dos perlas grandes como un grano de maíz. Su cabellera suelta y anudada en la punta cubría sus espaldas.
Yo les ofrecí el carromato para conducirlas hasta su casa. Ella rehusó dando las gracias.
—No creáis causarme la menor molestía a mí —añadí—. Por precisión tengo que ir al pueblo y puedo dejaros donde queráis. Además, os hago observar que no es muy bueno tomar el sol...
—El señor tiene razón —contestó la abuela—. Aprovecharemos esta ocasión para ofrecerle la casa.
Subieron en el carromato y yo me senté junto al cochero.
Y entramos en el pueblo.

III

Cerca de la playa y en medio de altos y elegantes cocoteros, plátanos, bongas y cañas, se hallaba una modesta casa de nipa de sencillísima construcción. Un jardín la aparta del camino, si jardín puede llamarse, en donde vegetan, gracias no a los asiduos cuidados, sino a la fertilidad del clima, dos o tres rosales de Alejandría, azucenas, margaritas y girasoles plantados en ollas de barro y sostenidos por pedacitos de caña coronados con cáscaras de huevos de gallina. Crecía la yerba por todas partes, si bien que se notaba que por un extremo comenzaban los trabajos o los cuidados. Un viejo y carcomido cerco de caña sostenido por los arbolillos de gumamela, adelfa y sampaguita ocultaba a los ojos del caminante los habitantes de aquel jardín.
Un sendero estrecho y pedregoso conducía a la casita, a la que se subía por una escalera mitad piedra, y mitad madera, compuesta de unos diez peldaños.
Una criada y un perro nos recibieron saliéndonos al encuentro.
Invitáronme a subir, a lo que accedí con gusto.
El aspecto interior de la casa era muy curioso.
Respirábase el aseo y el buen gusto en todas partes; parecía que una mano cuidadosa había ido arreglando los heterogénicos objetos del mueblaje. Componíase éste de bancos de caña fijos en los dindines, brillantes mesitas de maque con elegantes centros llenos de flores, ligeras sillas de bejuco, una viejísima cómoda que servía de altar para una multitad de imágenes de la Virgen, de santos y un Crucificado de la primitiva escultura de Paete. En un rincón de la sala estaban cuidadosamente colocadas cuatro maletas de cuero y un elegante neceser con incrustaciones de níquel.
—Hace dos días solamente que hemos llegado a este pueblo —me dijo la anciana—. Veis todo esto desarreglado; casi casi está la casa tal y como la hemos encontrado el primer día. Pero no obstante os la ofrecemos con la más buena voluntad.
Di las gracias y enseñándome ellas el comedor, me advirtieron que había tres cubiertos. Efectivamente, estaba la mesa convenientemente dispuesta. Cubríala un blanco y fino mantel de hilo: la vajilla o el servicio era de porcelana dorada con una cifra dorada también en cada pieza. Los cubiertos eran de plata marcados con la misma cifra que tenían los platos.
—La criada ha puesto tres cubiertos —me dijo la anciana— esperando que honréis nuestra humilde mesa.
—Miles de gracias —respondí—, pero me esperan en mi casa y no puedo aceptar tan honrosa invitación.
—Lo sentimos mucho. Si en esta ocasión no podéis aceptar, no será así en otra.
Despedíme de ellas grabando en mi imaginación los pormenores de la casa. Minang me saludaba con la mano desde la ventana.
Retiréme pensando en quiénes podían ser aquellas dos mujeres, de qué pueblo vendrían y a qué familia pertenecían.
Aquella anciana tan poco amiga de hablar, y aquella joven tan pensativa y franca, ¿qué hacían allí? ¿Por qué estaban solas?
Que debían ser de una familia distinguida, no hay que dudarlo: sus maneras lo dicen.
Lleno de curiosidad y deseando penetrar el problema que encerraban aquellas dos mujeres, llegué a mi casa, prometiendo visitarlas lo más pronto posible.

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